
Uno llega a la casa, deja los chunches por ahí; se quita los zapatos y cuidadosamente los tira de forma tal que la posición del uno no coincida con la del otro, finalmente se explaya abruptamente sobre el sillón favorito.
Revuelve un poco por aquí y otro por allá, hasta encontrar el anhelado mando a distancia. Con un movimiento a lo “Clint Eastwood” desliza el control entre los dedos y en simultáneo acciona el botón de encendido: hermosas luces multicolores iluminan la pieza, que hasta hace un momento era sólo un aburrido paraje estático a media luz; una orgía de ondas oscila y rebota en derredor, colmando el lienzo sonoro...
Una vez que el cerebro logra descifrar el espacio simbólico de representación que le proveen los ojos, inicia la experiencia culmen de los últimos tiempos: la televidencia.
Un discurrir imperceptible de líneas nos da la sensación de un movimiento ininterrumpido, que poco a poco nos homologa con la “caja boba”. Hawaii, Bombay, pasan frente a nuestros ojos cuál espejismos maravillosos, oasis de sentido donde podemos descansar del desierto gris e imponente que nos asalta día con día...
Incompleto.
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