
Después de dos años (un tiempo muy corto) de práctica de varias artes marciales japonesas enfocadas al manejo de la katana; me llegó el momento de practicar el corte o tamesheguiri, una de las muchas cosas interesantes que enseñan estos artes.
Paso la tarde practicando las katas (series de movimientos encadenados) de Toyama Ryu Batto-Do, un estilo relativamente nuevo; creado a inicios del siglo XX en la escuela militar de Toyama, con el fin de entrenar en el manejo del sable a los mandos medios y altos del ejército imperial japonés.
Mientras sigo practicando los movimientos del Toyama Ryu no dejo de pensar en las aproximaciones técnicas del estilo que practico regularmente: Muso Jikiden Eishin Ryu Iaijutsu. Este estilo nació hace unos 450 años, al calor de un convulso Japón donde los clanes familiares lucharon sin descanso durante siglos por el control de las islas del maravilloso archipiélago.
Este estilo conserva las características tradicionales del manejo del sable japonés, con un nivel de detalle y sofisticación que fue removido del Toyama Ryu, por su objetivo meramente práctico y militar. Aún así, estudiar el Toyama Ryu bajo la tutoría del mestro Fumio Demura, una verdadera leyenda viviente de las artes marciales, convierte el entrenamiento en algo invaluable.
El maestro Demura nació en Japón, ahí estudió con los grandes maestros de varios artes marciales, y luego fue enviado a los Estados Unidos a extender la práctica de dichos artes en occidente. Aprendió Batto-Do del maestro Taizaburo Nakamura, encargado por el Emperador para crear un estilo efectivo, basado en la capacidad del corte; para su estudio en el ejército, de ahí nació el Toyama Ryu.
Durante los dos años anteriores estudié los movimientos y técnicas adecuadas para realizar diferentes tipos de corte, pero más que eso, aprendí a valorar un arte que enseña sobre la superación diaria, y profesa vivir de forma tal que no deje lugar a arrepentimientos; lo más complicado de todo.
El maestro Demura nos invita a pasar al exterior del dojo, nombre en japonés para el recinto donde se estudian artes marciales. Mis maestros buscan un soporte, lo colocan de forma adecuada para practicar los patrones de corte. Acercan un estañón que contiene una serie de ‘tatami’ que han sido puestos en remojo durante dos días.
Los ‘tatami’ son piezas de fibra de bambú trenzado, que al ser enrollados en diferentes grosores replican la resistencia de diferentes partes del cuerpo humano. Generalmente se enrollan para replicar la resistencia de un brazo, o un poco más gruesos, como un cuello. Antiguamente los samurai practicaban el tamesheguiri (corte) en convictos condenados a muerte... con el tatami buscaban una forma más ‘asequible’ de practicar el corte.
El maestro Demura desenvaina su shinken, término para designar el sable con filo vivo; y se acerca con naturalidad al tatami. Mientras da unas explicaciones, corta con pasmosa naturalidad en diferentes direcciones. Después invita a mis maestros a probar el tamesheguiri. Mi corazón late con algo de fuerza, y de pronto un escalofrío de inseguridad recorre mi espalda. El maestro Demura indica a mi maestra Patricia Gallo que invite a algunos alumnos, con un nivel adecuado, para que prueben el corte.
Aunque he practicado los cortes, formas y técnicas cientos de veces, jamás he cortado nada; así que cuando mi sensei (maestro en japonés) me llama frente al tatami me siento algo inseguro. Sostengo el shinken y calculo la distancia como he aprendido, doy un paso atrás, sostengo el sable sobre mi cabeza y respiro de forma profunda pero controlada, como fui instruido. En ese momento, de golpe, se borra todo rastro de inseguridad y reacciono como tantas veces lo he hecho en los kata: el shinken recorre aire y tatami como si fuesen uno sólo.
El corte resulta más vertical de lo deseado, pero me sorprende la facilidad con que sucede; con una renovada seguridad emprendo contra el tatami para terminar todos los cortes que el maestro me indica, logrando mejores cortes y más precisos cada vez.
Luego de un rato pienso en la forma en que cientos de hombres y mujeres, sumidos en un contexto histórico determinado, lograron tal nivel de sofisticación militar, puliendo sus cuerpos, armas y mentes para vivir y tener éxito a base de precisión de la más pura.
Pienso en la capacidad de cientos de maestros que lograron perpetuar y perfeccionar los diversos estilos y artes marciales que datan del Japón medieval. Pienso en como un momento tan pequeño como este es en realidad un punto de confluencia de cientos de años, miles de vidas y millones de historias maravillosas que se unen en un instante de perfecta precisión.