sábado, 24 de febrero de 2007

Perdidos en el laberinto



Salí del cine con esa sensación de haberme perdido por un rato en un mundo alterno. Cada quién para su respectivo baño, no hay tiempo de comentar aún, porque el mundo “real” llama a cumplir con su naturaleza. Gracioso, nunca lo pensé hasta ese día, pero cada cuál tomó su lugar según el protocolo de ocupación de los orinales.

Terminado el asunto nos juntamos en el pasillo, a hablar sobre la película. Cuatro productores (o tres productores y yo que digo que lo soy) quieren secuestrar a Guillermo del Toro, con diferentes intenciones, pero con una misma motivación: amor a primera vista...de la película.

Primeros cinco minutos. Risas, elogios para la película y una que otra broma referencial. Nos sentamos a la mesa. Exaltamos la soberbia genialidad del manejo de la crueldad y el dolor que hace la película. El frío me recuerda que no ando ningún abrigo, mala idea. Dos o tres cigarrillos se encienden frente a mi. En este momento (mientras escribo) recuerdo como los pasajes de la película me daban vuelta en la cabeza.

No sé quién fue el que comenzó, me gustaría pensar que no fui yo, pero lo dudo...un comentario llevó al otro, y de pronto nos vimos envueltos en un torbellino de afiladas críticas, que al estilo “del Toro” desgarraron sin piedad la carne de la criatura que, segundos antes, contemplábamos con emoción.

Huecos en el guión, errores de caracterización y un comentario “en broma”: ¡la verdad es que el fauno tampoco estaba tan chiva! Poco a poco, con el esfuerzo de los cuatro, el afilado serrucho se encargó de llevar la conversación hasta un punto muerto.

No sé si todos pensamos lo mismo en ese momento, pero dentro de mi cabeza una vocecilla taladró una sentencia final: ¡te pasaste! Y es que realmente la película está muy bien, el estilo particular del director logra abstraernos del mundo por un rato y vivir, por un segundo, el mundillo audiovisual. ¿Qué más se puede esperar de una película?

Es extraño, y no puedo generalizar, pero tengo la leve impresión de que la tendencia destructiva que vivimos en esa mesa no es particular de los cuatro allí presentes. Me parece haberla visto antes, a mi alrededor, en este vergel bello de aromas y flores.

¿Será una forma de sobrellevar nuestra propia mediocridad? Complejo de superioridad, ¿o será acaso? ...una divina maldición de buen gusto, que nos permite ver hasta la paja más insignificante en el ojo del prójimo...

1 comentario:

guipipia dijo...

yo estaba entre los cuatro, y me confieso mediocre... (jeffrey feo)